Pontificio Seminario Palafoxiano de Puebla

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El Siervo de Dios, Juan de Palafox y Mendoza

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Su vida

Juan de Palafox y Mendoza es un personaje que marcó con su presencia la historia del mundo español, tanto en el reino como en sus dominios. Pocos hombres han experimentado como él un progreso integral que los ha hecho trascender su época y presentarse como modelo de humanidad y grandeza, las cuales es preciso que se conozcan, para así poder emitir un juicio ecuánime y veraz sobre una de las personalidades más polémicas.

Curiosamente no nació bajo el amparo de un hogar estable, pues su nacimiento fue producto de un amorío entre el noble aragonés Jaime de Palafox y la viuda Ana de Casanate y Espés, tras el cual, llegó a este mundo el 24 de junio del año 1600 en la población navarra de Fitero. En cuanto fue dado a luz, su madre, para ocultar su falta, dispuso que fuera arrojado al río y que la suerte se ocupara del infante; sin embargo, cuando la sirvienta encargada de esta obra se disponía a realizarla, un hombre de la comarca se percató del plan y, en cuanto la criada salió huyendo, recogió al niño y, compadecido, lo acogió en su casa. Ahí se le bautizó y educó en un ambiente campirano humilde y cristiano hasta la edad de 9 años en que su padre, tratando de remediar su falta, lo reconoció y lo recibió en el seno de su reciente matrimonio formal con Doña Ana de Palafox. Su madre, en un acto de penitencia y reparación, entró en la Orden de Carmelitas descalzas, bajo cuyo hábito vivió el resto de su existencia.

Llegado el año de 1610, el niño Juan, ahora ya apellidado oficialmente de Palafox, fue mandado a estudiar al colegio de San Vicente de Tarazona, en donde incrementó su empeño en las ciencias humanísticas de ese tiempo y en varios idiomas que serían importantes para sus posteriores cargos.

En 1615 es enviado a la Universidad de Huesca para estudiar cánones (leyes) y, posteriormente a la insigne Universidad de Salamanca, en donde con excelentes notas y lauras académicas se gradúa en 1620, después de lo cual, su padre le encomienda que se haga cargo del Marquesado de que eran titulares, cargo que ocupara entre aciertos y descalabros y en cuyo lapso ocurre el fallecimiento de su progenitor.

Quedando solo en este cargo y bajo su responsabilidad a sus hermanastros, saca adelante el marquesado y comienza a hacerse notar en el ámbito jurídico, sobretodo en las cortes de Valencia y Aragón de 1626, en donde será evaluado positivamente por el Rey Felipe IV de España y su consejero el Duque de Olivares, llevándoselo a él al Consejo de Guerra y haciendo a sus hermanos miembros de la corte española. En esta etapa de su vida es cuando decide renunciar al matrimonio que varias mujeres le presentaban y acoger la carrera eclesiástica, siendo ordenado sacerdote en las témporas de Cuaresma de 1629 por el obispo Francisco de Mendoza. Desde ese momento se entregó a una vida humilde y penitente que desconcertaba a quienes lo rodeaban, pues su actitudes no cuadraban con el modo común de quienes se desempeñaban en las cortes reales.

En 1630 fue nombrado capellán y limosnero mayor de la hermana del Rey, la infanta María, futura reina de Austria, a quien tuvo que acompañar en la comitiva que la llevaba a la celebración de sus nupcias con el Rey Fernando III de Hungría. Por el buen desempeño de este cargo y por los innumerables y buenos resultados de sus gestiones fue promovido al Consejo de Indias en 1633, máximo tribunal a donde llegaban los diversos litigios y todo lo concerniente a la administración de los dominios españoles en tierras americanas. Así, mientras desempeñaba eficazmente este cargo, fue promovido para obispo de la diócesis de Tlaxcala o de Puebla de los Ángeles, siendo consagrado en la capital madrileña el 27 de diciembre de 1639, después de lo cual se embarcó rumbo a su nuevo destino en 1640.

Llegado a estas tierras y tomando posesión de su diócesis el 22 de julio de ese año, comienza las gestiones de los diversos cargos tanto eclesiásticos como políticos que se le encomendaron. Así realizó las investigaciones propias que como visitador de la Nueva España se le habían designado, juzgando con esto el actuar de las administraciones anteriores; al ser destituido el Virrey duque de Escalona, asume este puesto y con él los ministerios de Capitán General, Presidente de la Real Audiencia, al tiempo que es nombrado Arzobispo electo de México, nunca en la historia del virreinato se había detentado en un solo hombre tanto poder como lo tuvo Don Juan de Palafox, sin que por ello su actitud se pervirtiera, por lo que se dio a la tarea de realizar todos estos encargos con apego a la ley y a las normas cristianas. Durante su gestión se dio a la tarea de reorganizar los viajes y el comercio con las Filipinas, de hacer acatar los decretos reales y papales que las órdenes religiosas establecidas en la Nueva España desobedecían, de hacer respetar la persona de los indígenas del Nuevo Mundo, así como un sin fin de mejoras que, por pasar a estorbar los intereses de varios, le provocaron grandes penas.

No obstante sus muchas ocupaciones, siempre dio preferencia a sus deberes episcopales, siendo en su ministerio cuando la diócesis angelopolitana experimentó una serie de mejoras considerables y que aún en nuestros días son modelo y paradigma del quehacer católico: realizó la visita canónica a su territorio jurisdiccional en tres etapas, logrando abarcar su totalidad, prosiguió la construcción de la Catedral, detenida desde hacía varios años; fundó jurídica, canónica y económicamente el Colegio clerical de san Pedro Apóstol ( actual Pontificio Seminario Palafoxiano Angelopolitano), para el cual contó con la venia del Papa y del Rey, haciendo así de éste el primer Seminario Tridentino, que se distinguió entre sus semejantes por la grandeza de sus profesores y alumnos, saliendo de entre sus filas una pléyade de hombres ilustres tanto para la Iglesia como para la Patria; dotó al clero diocesano de parroquias en las que pudieran ejercer eficientemente su ministerio a favor de los cristianos de estas tierras, entre otras obras más.

La rectitud ejercida en sus diversos cargos y la molestia que ésta provocó en quienes veían afectados sus intereses mezquinos y soberbios alcanzó su punto más álgido cuando, en la cuaresma de 1647, los jesuitas se opusieron a la reglamentación debida para el ejercicio de su ministerio y levantaron en contra del obispo Palafox una serie de condenas y litigios que provocaron su expulsión y demás tropelías, teniendo que refugiarse para proteger su integridad en la población de San José Chiapa, en la cual vivió hasta que la situación amainó y pudo regresar a su sede episcopal con el gozo y el aplauso de todos sus feligreses; sin embargo, como todos estos eventos – en los que mantuvo una justicia y conducta ejemplares – habían originado rumores y malestares para los intereses reales, fue removido de la sede angelopolitana para que se presentara en la ciudad capital del reino español. Antes de partir consagró la Catedral, monumento testigo de la gran valía de este hombre que unió dos mundos con su eficiencia y santidad.

Llegó a España en 1650, ocupando el cargo de consejero de Aragón. En 1653 fue nombrado obispo del Burgo de Osma, en servicio del cual la muerte lo encontró el primer día del mes de octubre de 1659, siendo depositado su cuerpo en la catedral de esa ciudad.